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miércoles, 27 de octubre de 2010

Welcome to Spain!





Cuando Modu llegó a España desde Senegal lo primero que oyó fue un «bienvenido a España» que un guardia muy sonriente le dijo. Despúes cogió un tren que lo llevó a Almería, donde se puso a recoger fresa. El jefe era buena persona y le hizo enseguida el contrato, así que despúes de sus seis horas de trabajo (porque su jefe estaba por las 35 horas semanales) volvía a su casa, que pronto compartitía con María Isabel Torre de las Mercedes, hija de un empresario murciano que se había enamorado de Modu, y no había diferencia, ni cultural, ni de clases que impidiese ese matrimonio.

Eeehh... perdón, que se me va la pelota, es que me gustan mucho las historias con final feliz. Tengo una amiga, muy guapa, por cierto, que siempre me lo dice: «Moi, las historias que acaban bien son muy bonitas, pero no son creíbles». Yo le digo que si no tiene ningún sentido del romanticismo, del idealismo, de poder crear un mundo mejor. Le digo que si todos pusiésemos nuestra imaginación y nuestros esfuerzos para tener ese mundo, ese mundo sería el que tendríamos, que querer es poder... La verdad es que le digo todas estas chorradas a ver si me la puedo llevar a la cama. No funciona. Nota mental: intentar otra cosa, la imagen de tío sensiblero ya no vende.

La verdad es que cuando Modu llegó a España desde Senegal lo primero que oyó fue «negro, quieto ahí me cago en tu puta madre, quieto te digo cabrón», pero claro, cuando alguien corre detrás de un negro con un fusil y con los ojos en blanco, como en una peli de miedo, a nadie le quedan ganas de quedarse quieto. Así fue que Modu corrió, corrió como un loco por toda la bahía de Algeciras, y tanto corrió que llegó a Madrid.

En Madrid conoció pronto la solidaridad española, esa solidaridad que siempre dicen en la tele que tenemos en esta piel de toro. Cuatro agresiones nazis y una acusación infundada de una vieja con la que tropezó, que pensó que el negrito (que es como la gente políticamente correcta llama a los negros) quería robarle el bolso, con sus preciadísimas posesiones, entre las que se incluía un valiosísimo vale descuento para el Caprabo.

Esto hizo que nuestro negrito tuviese que correr delante de la policía, y no sería la última vez. La mayoría de las veces con lo que tropezaba era con una chica muy guapa de traje negro que le quería cobrar no sé qué impuesto por vender cedés.

La vida en Madrid era dura, y cruzare con gente que aseguraba muy ufana «yo soy español, español, español» y vestía bombers, gente de bien, sin duda, que paga sus impuestos y por las mañanas desayunan seguramente con su honrado padre abogado o juez del juzgado de primera instancia por lo penal, y con su madre, eterna ama de casa que tenía que estar pendiente todo el día de que que hacía Paquita (que en realidad era rusa, o ucraniana, o rumana, o de uno de esos países comunistas que tienen esos nombres tan raros, así que la llamamos Paquita). En definitiva, que la vida en aquella ciudad no era muy agradable. Había que correr mucho delante de ellos. Un día tuvo que correr tanto, tanto, que llegó a Asturias.

¡Y ay amigo! Asturias ya es otra cosa, en Asturias, como todo el mundo sabe, acogemos bien a todo el mundo, somos abiertos, campechanos, coime, que eres de fuera, ven hombre, y toma un culín de sidra, que está muy rico. Oye, prueba este orujo que es de Taramunde, qué te tratamos bien en Asturias, eh. Aquí no hay que escapar de los nazis, ¡claro que no! Aquí está la policía municipal. Dos agresiones de la municipal de cierta ciudad, que no vamos a mencionar porque los de la capital son muy mal tomados y la chica de traje negro que, como en Madrid, le molestaba que vendieses cedés.

Cuando llegaste a casa, el piso que compartías con cinco senegaleses, dos marroquíes y un caboverdiano estaba tomado por la policía, que los había desalojado a todos. Tuviste suerte de no estar en casa en esos momentos. Diste la vuelta como si no tuviese que ver contigo y, con lágrimas en los ojos fuiste a desayunar donde siempre. En la tele de la cafetería hablaban de los asturianos emigrados a América, cuando el hambre tenía colos blanco. Un asturiano con acento uruguayo se ufanaba de que ahora los inmigrantes eran bien recibidos en su España natal, que quería volver ahora que se habían vuelto las tornas.

Cuando Modu llegó a España desde Senegal lo primero que pensó es que ya había alcanzado la tierra de los sueños, que ya se habían quedado atrás las penurias de pateras, hambre, andar por el desierto hasta el agotamiento, las persecuciones de la policía marroquí, la persecución de la miseria que era como una plaga, un animal que se alimentaba de la gente y que se agarrara a aquel hombre, mordiéndole en su carne negra, y ya no quería soltarlo fuese a donde fuese su presa. Cuando Modu llegó a España desde Senegal descubrió que el sueño de prosperidad de Europa era como esas discotecas con derecho de admisión, a las que no puedes entrar con tenis. En esta Europa con derecho de admisión no puedes entrar con piel oscura ni con hambre en el estómago.

Ya te lo dije cuando empecé a contarte la historia de Modu, que a mí me gustan las historias con final feliz, aunque no haya quien las crea. Así que vamos a hacer un esfuerzo mental por creer que Modu llegó a España entre sonrisas, que pudo casarse con María Isabel Torre de las Mercedes y que cuando volvía de trabajar sus seis horas diarias (porque el jefe, como todos los jefes en España, está por las 35 horas semanales) se deja caer en el sofá a ver la tele y sonríe pensando que, después de tantas penurias ha alcanzado el glorioso sueño europeo.

Podemos pensarlo, o, si resulta un esfuerzo de imaginación demasiado grande, si como dice mi amiga, a la que me quiero llevar a la cama, no es creíble, puedo ofrecer un final feliz alternativo.

María Isabel Torre de las Mercedes se casó con un tal Borja María, que no era bueno para nada, pero llevaba el jersey atado por encima de los hombros y no daba mucha guerra. Después se metió en Gran Hermano y ganó el concurso, haciéndose tremendamente famosa, y es que ser famosa era el sueño de su vida.

-- ¿Y Modu?
-- ¿Y ese quién es?
-- Modu, el prota de la historia, el senegalés.
-- ¿Quién? ¿De qué senegalés hablas? Calla hombre, que Milá está hablando con María Isabel y no oigo nada.




La versión original en gallego-asturiano se publicó en Trabatel, nº 2, Noviembre 2008


Imagen, valla de Melilla.


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