
Déjalo, no le des más vueltas, lo mires como lo mires el final va a ser el mismo. Y para eso da igual que seas rico, pobre, buena o mala persona. El final de todas las vidas es siempre el mismo: la muerte.
Y no importa cómo quieras tapar esa realidad, está ahí. Pienso que de ser inmortales probablemente no le estaríamos buscando todo el día el sentido a nuestra vida. Nuestra vida sería, por siempre, y eso sería suficiente. Pero como sabemos que nuestra vida es, pero mañana dejará de ser (la única verdad inexorable), intentamos buscarle un sentido para consolarnos de la muerte que está por llegar.
Sé que puede parecer raro para alquien de mi edad, pero pienso mucho en la muerte. O mejor dicho, pienso mucho en mi muerte. O mejor dicho, pienso mucho en el día de mi muerte. Ese día último de la vida que ha de dotar de sentido (o de sinsentido) todos los días anteriores.
Y no, no es un pensamiento macabro, ni siniestro, ni me estoy haciendo mod por momentos. Es simplemente que está ahí, y no pensar en ello no va a hacer que no esté ahí (en ese sentido la muerte es igual de puñetera que la vida, e incluso que los políticos).
Y tengo esta visión, yo, viejo, muy muy viejo (que lo de morir joven lo dejo para los rockeros), rodeado de gente, o solo (que nunca se sabe), con mis pensamientos, con mis días. ¿Aproveché la vida? ¿Hice lo que tenía que hacer? ¿Me llevo culpas para el otro lado? (y es que la mentalidad cristiano-occidental está ahí, y no sé si hay más allá, pero culpa haber la habrá, que si no sería todo muy fácil).
Yo, repasando mis días, mis hechos, uno por uno. ¡Y es que a veces no hay peor juez que uno mismo!
Y pienso en la muerte en los momentos tristes, y reconozco que en esos momentos me reconforta. Hombre, tampoco se nos vaya la pelota, pienso en la muerte como acontecimiento natural, no tengo ganas de "reconfortarme" antes de tiempo... Pero es verdad que me reconforta, porque veo en la muerte (lejana y onírica) la respuesta a los problemas, porque no son tales problemas, ya se van a solucionar, aunque sea en el ataúd. Aunque por otro lafo el consuelo no puede ser completo (¡a ver si creíamos que iba a ser todo llano!), porque la puñetera conciecia está ahí, es como la muerte, no le puedes dar esquinazo. Y hoy, mañana, pasado... puedes engañarla, pero tarde o temprano (y por tarde que sea es siempre demasiado temprano) acaba por cogerte y pasarte la cuenta. Es lo que hay, si te gusta bien, si no ya puedes ir echándole azúcar.
Y pienso en la muerte en los momentos en los que tengo que tomar una decisión, y pienso, el día que muera, ¿me arrepentiré de tomar la decisión que tomé? Suelo decidir, cada vez más, que los peores errores son los que no se cometen.
Pero ¡ay amigo!, después piensas que vas a morir, sí, pero no vas a ser el único (menudo negocio, si no). Y entonces piensas que los peores errores no son los que no comentes, sino los que comentes tú y pagan otros.
Y pienso en la muerte, para no variar, cuando tengo clara la decisión que tengo que tomar, y pensar en la muerte, en el día de mi muerte, quierdo decir, me da la fuerza necesaria para llevar a cabo mi decisión.
Y pienso en la muerte, para hacerlo ya costumbre, cuando no tengo clara la decisión, y entonces sé que, después de las dudad, por mucho que te pesen, está la muerte, y con ella ya no hay mucho que dudar, o sí, qué se yo.
Y últimamente, por arre o por so (más por so que por arre, aunque de burros va la cosa) pienso en la muerte. Y no sé si ya lo dije, pero pensar en la muerte es pensar en la vida, porque son las dos caras de la misma moneda. Y pensando en la vida es donde ya encuentras el sinsentidos, la oscuridad, que mira que es paradoja.
Y ves lo que va quedando detrás y aún no adivinas bien lo que va apareciendo delante. Y no te gusta. Hay más en claro detrás que delante. Es como esa película en la que para echar a andar una locomotora qumaban en ella los vagones, y ya no había tren, pero el tren corría hacia ninguna parte.
Y descubro, no sin miedo, que hacia ahí corremos
Hacia ninguna parte.
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